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By Ignacio Padilla

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Alexandre Dumas maintains the stories of his Musketeers within the guy within the Iron masks. Years have handed considering the fact that d'Artagnan joined the Musketeers. D'Artagnan is now the captain of the Musketeers, Aramis a bishop, Porthos a baron, and Athos a count number. notwithstanding the buddies have complex their stations, they're nonetheless totally fascinated with the political intrigue of King Louis XIV's courtroom.

Download e-book for iPad: Cowardice: A Short History by Chris Walsh

Coward. It’s a grave insult, prone to impress anger, disgrace, even violence. yet what precisely is cowardice? whilst terrorists are known as cowards, does it suggest just like while the time period is utilized to squaddies? And what, if whatever, does cowardice need to do with the remainder of us? Bringing jointly assets from court-martial situations to literary and movie classics corresponding to Dante’s Inferno, The crimson Badge of braveness, and the skinny crimson Line, Cowardice recounts the nice damage that either cowards and the terror of seeming cowardly have performed, and lines the belief of cowardice’s strength to its evolutionary roots.

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Mi nombre es Thadeus Dreyer —dijo de golpe vaciando sobre mi escritorio una hucha tintineante y un atado de sangrientos pasaportes en los que al fin creí reconocer su resignación a someterse a las leyes del oprobio, mis leyes. Recuerdo que tuve deseos de abrazarle como si sólo a mí correspondiese darle la bienvenida al mundo, pero él se mantuvo firme unos segundos ante el cuerpo de su compañero como si esperara que el alma de éste abandonase definitivamente la habitación para adueñarse al fin y por completo de su nombre.

Haga lo que quiera, y si encuentra alguno de esos hombres con vida, dígales de mi parte que son todos unos imbéciles. Y diciendo esto me despidió de la tienda con el ademán de quien acaba de firmar la sentencia de un desconocido. *** El trayecto para llegar hasta Jacobo Efrussi estuvo plagado de tantos sinsabores que por mucho tiempo preferí olvidarlos. Apenas recuerdo ahora, vagamente, la enorme dificultad que tuve primero para convencer a Goliadkin de que me ayudase a adentrarme en el lado serbio del Danubio.

Ni siquiera tuvo las agallas para inventarse su propia muerte —y volvía a relatarme el duelo de Lérmontov con la minucia de quien cuenta un chiste viejo que sólo a ella parecía gracioso. Entonces Piotra, enfurecido, alzaba el fuste y azotaba mi caballo como si sólo éste fuese culpable de las burlas de mi abuela. Más que rabia, sus golpes me producían una súbita y arrolladora desolación, y yo entonces alzaba la mano izquierda para aferrar aquel látigo que de repente se convertía en mi brazo derecho, sangrante y frágil como un gazapo.

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